La nutrición y rendimiento intelectual de los niños en edad escolar, aún tiene grandes vacíos de conocimiento, debido talvez a la complejidad de los factores comprometidos (genéticos, hereditarios, ambientales, psicosociales, educativos y nutricionales), que impiden su evaluación e interpretación y, por tanto, el diseño de investigaciones relevantes sobre el tema.(1)
Por ello,
se puede afirmar que la función cognitiva está relacionada por el estado
nutricional y la falta de ingesta de algunos nutrientes esenciales como lo son
los ácidos grasos omega-3.(2)
A largo plazo, “la desnutrición puede ocasionar daños en las funciones cognitivas y reducción del rendimiento académico”. Además, en términos socio-económicos, los países pobres son los más afectados por los estragos de la desnutrición, “lo que dificulta su desarrollo”. Muchos estudios han demostraron los efectos negativos de la malnutrición y déficit de nutrientes, “en el aprendizaje y la cognición, modificando o interfiriendo con la fisiología del cerebro o con la estructura cerebral”. “Un déficit en nutrientes esenciales afectan gravemente la coordinación sensorio motriz, la cual es esencial para el desarrollo cognitivo normal; incluso una corrección del déficit nutricional puede dejar efectos persistentes a largo plazo en el sistema auditivo”(3)
Por lo tanto, se asegura con evidencias científicas que la grasa
en la dieta infantil es fundamental para asegurar un buen aporte de energía en
un volumen restringido, ya que proporciona en promedio 9 kcal por gramo en
contraste con los carbohidratos que portan 4 kcal por gramo. Para asegurar las
100 kcal por kg de peso requeridas por un niño de 12 meses, con una dieta pobre
en grasa (menos del 20 por ciento de las calorías totales) se requeriría darle
un gran volumen, posiblemente el equivalente a 1 a 2 kilos diarios de alimento.
En cambio, si aumentamos la cantidad de grasa a un 40 por ciento de
la energía, el niño necesitará consumir de 0,5 a 1 kg de alimentos para obtener
la misma energía. La densidad energética de la leche es de 0,7 kcal/ml; si se
elimina la grasa, la densidad energética disminuye a 0,4 kcal/ml, y se necesita
casi el doble del volumen para proveer la misma energía. Esto es de especial
importancia en los niños menores, ya que por la baja capacidad de su estómago
no pueden consumir un gran volumen de alimentos. En consecuencia, para lograr
una adecuada provisión de energía es necesario proporcionarles una dieta con
una densidad energética de al menos 1,0 kcal por gramo. Esto es virtualmente
imposible si no se incorpora por lo menos un 30 por ciento de calorías grasas.
Las dietas familiares se basan principalmente en cereales y tubérculos y contienen poca grasa (menos del 15 por ciento de las calorías totales) es difícil cumplir con el requerimiento de energía, lo cual explica en parte la alta prevalencia de desnutrición en dichas zonas. Por tanto, mantener la lactancia materna hasta avanzado el segundo año de vida es prácticamente la única alternativa para que los niños reciban un aporte de grasa para satisfacer sus necesidades de energía.
Los dos
primeros años de vida constituyen un momento determinante para el
establecimiento de prácticas alimentarias adecuadas y un crecimiento y
desarrollo óptimos. Es en el período de los 6 a 24 meses donde se establecen la
mayor parte de los hábitos, preferencias y aversiones alimentarias que
condicionarán en gran medida el tipo de alimentación futura. La vigilancia
estrecha del neurodesarrollo es fundamental, ya que los cambios en la
motricidad se producen simultáneamente con los cambios cognoscitivos y
psicosociales, con un orden y un ritmo de progresión continuo que permiten
inferir con anticipación las adquisiciones del niño, pudiendo detectar
alteraciones y actuar preventivamente.
El
crecimiento de los niños antes de los dos años de vida, su actividad física y
la formación de ciertos órganos cuya estructura es principalmente lipídica
depende fundamentalmente del aporte de grasas. Durante los primeros dos años de
vida, la grasa debe ser vista también en su función estructural, pues provee
los ácidos grasos y el colesterol necesario para formar membranas celulares en
todos los órganos.
Más
aún, órganos importantes como son la retina del ojo y el sistema nervioso
central (SNC) están constituidos predominantemente por grasas. Gran parte de
las grasas necesarias para la formación de estos tejidos está constituida por
ácidos grasos esenciales, que no pueden ser sintetizados por el organismo y
deben ser aportados por la dieta. Excluyendo el tejido adiposo, el cerebro es
el órgano del cuerpo con mayor concentración de lípidos. Cerca del 10 % del
peso cerebral depende de los lípidos y ellos representan alrededor del 50 % del
peso seco del cerebro. El encéfalo comienza a crecer de manera intensa durante
la segunda mitad de la vida intrauterina. Durante este período las estructuras
que se forman son las más elaboradas y las que distinguen a la especie humana.
En este período las carencias nutricionales pueden inferir en el proceso
madurativo normal del encéfalo produciendo alteraciones que pueden llegar a ser
irreversibles. De modo paralelo al rápido desarrollo neuronal, a las 32 semanas
de gestación la concentración de varios lípidos (fosfolípidos, colesterol,
gangliósidos) aumenta de forma súbita en el cerebro.
El
ácido oleico es el componente lipídico que más crece en el cerebro en la vida
postnatal temprana por la rápida mielinización del cerebro en este período.
También hay un aumento importante del ácido adrénico, así como de
docosahexanoico (DHA) y aminoácidos. Todo esto es relevante, y señala que,
aunque el crecimiento más importante tiene lugar en la vida intrauterina, la
acreción de ácidos grasos continúa los dos primeros años postnatales y, por lo
tanto, está expuesto a desequilibrio dietético. Los ácidos grasos
poliinsaturados (AGPI) de la serie Omega 3, especialmente el DHA, son los más
afectados en situaciones nutricionales adversas. El período de mayor
vulnerabilidad para el cerebro humano comienza a las 32 semanas de gestación, y
es máximo durante el resto de la vida intrauterina. No obstante, la
incorporación de AGPI sigue aumentando en el cerebro hasta el segundo año de
vida posnatal y, en consecuencia, la vulnerabilidad cerebral continúa durante
este período.
La
desnutrición proteico – calórica durante la infancia y el período preescolar
es, junto a la situación de pobreza extrema, condición de riesgo para el
desarrollo cognoscitivo, psicomotriz y para la escolaridad del niño. Niños con
mayores ingestas de DHA han mostrado mejores resultados en pruebas de agudeza
visual y en pruebas de evaluación del desarrollo mental y psicomotor en edad
temprana. Los lípidos de membrana de la sustancia gris y la retina contienen
una alta concentración de DHA y otros AGPI y la acumulación de estos ácidos
grasos se da justamente en el período de los 1000 días, básicamente en el
último trimestre del embarazo y los dos primeros años de vida, por el rápido
crecimiento que tiene el cerebro.
Es
claro que los AGPI de la serie Omega 3 afectan el desarrollo de la retina y la
función cerebral. Los niños con bajo peso al nacer requieren de DHA en la dieta
ya que ellos no pueden formar suficiente cantidad de este ácido graso esencial,
aun cuando se les proporcione ácido &-linolénico. A pesar de estos
hallazgos, todavía existen fórmulas que contienen bajos niveles de ácido
&-linolénico y algunos aún no reconocen la esencialidad de los ácidos
grasos Omega 3 para el hombre.
Para
los lactantes menores de seis meses la leche materna es la mejor fuente de
grasas en cantidad y calidad. Para los niños entre seis meses y dos años un
aporte en grasa superior al 30 por ciento de las calorías totales es necesario
para mantener una buena densidad energética de la dieta que asegure suficiente
energía para la actividad física y para una buena reserva energética. Las
grasas vegetales son la mejor fuente de aceites por su aporte de ácidos grasos
esenciales y su buena digestibilidad.
Los
aceites de coco y palma, si bien aportan energía, no son una buena fuente de
ácidos grasos esenciales. Es recomendable usar aceite de girasol, soja, maíz,
oliva u otro aceite vegetal de buena calidad. La manteca y otras grasas sólidas
son aceptables sólo en condiciones de pobreza o cuando no haya otras fuentes
disponibles. La alimentación del lactante y del niño pequeño es fundamental
para mejorar la supervivencia infantil y fomentar un crecimiento y desarrollo
saludables. Los primeros 2 años de la vida del niño son especialmente
importantes, puesto que la nutrición óptima durante este período reduce la
morbilidad y la mortalidad, así como el riesgo de enfermedades crónicas, y
mejora el desarrollo general. Por lo tanto, es fundamental que el profesional
de la salud, en particular el responsable de orientar a la madre, considere las
implicancias de una alimentación complementaria adecuada y la correcta
progresión como mecanismo de promoción del óptimo crecimiento y del desarrollo.
Resultó de interés entonces, profundizar el análisis de esta variable en el
presente estudio.
En
el niño mayor de dos años, la grasa continúa siendo de gran importancia en la
adecuación del aporte de energía para permitir un buen nivel de actividad
física. Si bien el crecimiento después de los 12 meses disminuye notablemente,
la actividad física es fundamental para el desarrollo mental y social del niño;
por lo que el déficit de energía asociado a una dieta pobre en grasa puede
limitar la actividad y por ende el desarrollo del niño. La grasa además es
necesaria para completar el desarrollo del sistema nervioso que en esta etapa
continúa mielinizándose.
DE
DÓNDE SE OBTIENEN
·
Los ácidos
grasos omega-3
De
entre los ácidos grasos omega-3 destacamos tres por su importancia en
la salud.
·
Ácido alfa-linolénico
(ALA)
·
Ácido
eicosapentaenoico (EPA)
·
Ácido
Docosahexaenoico (DHA)
El ALA es
un tipo de ácido graso que no puede sintetizar el ser humano (por este motivo
se le denomina esencial) y, por lo tanto, sólo puede obtenerse a través de
la alimentación.
Se encuentra en las nueces, las semillas de linaza y de chía y en aceites
vegetales como el de nabina, soja y germen de trigo. Lo que sí puede hacer el
ser humano es transformar el ALA en EPA y DHA, aunque esta transformación es
solo de un 10% aproximadamente. El EPA y el DHA se encuentran en el pescado
azul, el krill y las microalgas.
El
contenido de AGPICL omega-3 del pescado varía considerablemente en función de
la especie, contenido de materia grasa y ubicación geográfica de este.
Los peces de aguas profundas y de temperaturas frías tienen un mayor contenido
de EPA y DHA que los peces de piscifactoría (salmónidos), ya que estos
pueden tener una variación significativa en sus niveles de
AGPICL omega-3 a causa principalmente de las características de la
dieta que se les suministra.
Dada
la importancia de EPA y DHA en el funcionamiento celular y especialmente el DHA
en la estructura cerebral y la transmisión del impulso nervioso hay que
asegurar su aportación a través del pescado azul, alimentos enriquecidos o
complementos alimenticios. En el caso de dietas vegetarianas, por ejemplo; el
DHA procede de las microalgas.
La Sociedad
Española de Nutrición Comunitaria (SENC) recomienda un consumo de pescado
de al menos dos o tres veces por semana, una de ellas de pescado azul como
mínimo. Cuando no se consiguen estas recomendaciones con la dieta (por
ejemplo; en dietas vegetarianas) o bien se busca una dosis superior es
necesario aportar estos ácidos grasos a partir de complementos alimenticios.
Declaraciones
de propiedades saludables de la EFSA
La
EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) autoriza declaraciones
respecto a la ingesta de DHA y EPA en relación con el mantenimiento de la
función visual y cerebral en adultos y niños, mantener niveles normales de
triglicéridos séricos, mantener la presión sanguínea y el normal funcionamiento
del corazón. Sin embargo, se mencionará sólo aquella relacionada con el
cerebro.
El
ácido docosahexaenoico (DHA) contribuye a mantener el funcionamiento normal del
cerebro. Debe informarse al consumidor que el efecto beneficioso se obtiene con
una ingesta diaria de 250mg de DHA. La declaración solo se puede hacer en
alimentos que contienen como mínimo 40 mg de DHA por 100g y por 100 Kcal.
los
grasos como el esteárico y el oleico
Fuentes
de ácidos grasos
Ácidos grasos – omega 3 en pescados y crustáceos crudos
Contenido de ácidos grasos omega-3 en vegetales
Ácidos grasos omega 3 en leche materna y bovina
Ácidos grasos omega-3 en huevos
Bibliografía:
1. Descanse
A. Los ácidos grasos esenciales en la nutrición infantil y su Importancia para
el desarrollo de las capacidades. Cognitivuna evaluación para los programas
escolares del municipio de Medellín. Vol. 147, Especialización en alimentación
y nutrición. Facultad de ingeniería; 2016.
2. Ruben
M, Cabreriso M, Sosa M, Sanchez B. Desarrollo Del Sistema Nervioso Central En
Ni Ñ Os De 6 a 24 Meses. 2018;21(39):36–45.
3. Cadavid
M. Inteligencia, alimentación y nutrición en la niñez: revisión. Perspect en
Nutr Humana. 2010;11(2):187–201.






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