viernes, 30 de julio de 2021

CONSUMO DE ÁCIDOS GRASOS PARA EL DESARROLLO MENTAL EN LA INFANCIA

 La nutrición y rendimiento intelectual de los niños en edad escolar, aún tiene grandes vacíos de conocimiento, debido talvez a la complejidad de los factores comprometidos (genéticos, hereditarios, ambientales, psicosociales, educativos y nutricionales), que impiden su evaluación e interpretación y, por tanto, el diseño de investigaciones relevantes sobre el tema.(1)

Por ello, se puede afirmar que la función cognitiva está relacionada por el estado nutricional y la falta de ingesta de algunos nutrientes esenciales como lo son los ácidos grasos omega-3.(2)


A largo plazo, “la desnutrición puede ocasionar daños en las funciones cognitivas y reducción del rendimiento académico”. Además, en términos socio-económicos, los países pobres son los más afectados por los estragos de la desnutrición, “lo que dificulta su desarrollo”. Muchos estudios han demostraron los efectos negativos de la malnutrición y déficit de nutrientes, “en el aprendizaje y la cognición, modificando o interfiriendo con la fisiología del cerebro o con la estructura cerebral”. “Un déficit en nutrientes esenciales afectan gravemente la coordinación sensorio motriz, la cual es esencial para el desarrollo cognitivo normal; incluso una corrección del déficit nutricional puede dejar efectos persistentes a largo plazo en el sistema auditivo”(3)


Por lo tanto, se asegura con evidencias científicas que la grasa en la dieta infantil es fundamental para asegurar un buen aporte de energía en un volumen restringido, ya que proporciona en promedio 9 kcal por gramo en contraste con los carbohidratos que portan 4 kcal por gramo. Para asegurar las 100 kcal por kg de peso requeridas por un niño de 12 meses, con una dieta pobre en grasa (menos del 20 por ciento de las calorías totales) se requeriría darle un gran volumen, posiblemente el equivalente a 1 a 2 kilos diarios de alimento.

En cambio, si aumentamos la cantidad de grasa a un 40 por ciento de la energía, el niño necesitará consumir de 0,5 a 1 kg de alimentos para obtener la misma energía. La densidad energética de la leche es de 0,7 kcal/ml; si se elimina la grasa, la densidad energética disminuye a 0,4 kcal/ml, y se necesita casi el doble del volumen para proveer la misma energía. Esto es de especial importancia en los niños menores, ya que por la baja capacidad de su estómago no pueden consumir un gran volumen de alimentos. En consecuencia, para lograr una adecuada provisión de energía es necesario proporcionarles una dieta con una densidad energética de al menos 1,0 kcal por gramo. Esto es virtualmente imposible si no se incorpora por lo menos un 30 por ciento de calorías grasas.


Las dietas familiares se basan principalmente en cereales y tubérculos y contienen poca grasa (menos del 15 por ciento de las calorías totales) es difícil cumplir con el requerimiento de energía, lo cual explica en parte la alta prevalencia de desnutrición en dichas zonas. Por tanto, mantener la lactancia materna hasta avanzado el segundo año de vida es prácticamente la única alternativa para que los niños reciban un aporte de grasa para satisfacer sus necesidades de energía.




Los dos primeros años de vida constituyen un momento determinante para el establecimiento de prácticas alimentarias adecuadas y un crecimiento y desarrollo óptimos. Es en el período de los 6 a 24 meses donde se establecen la mayor parte de los hábitos, preferencias y aversiones alimentarias que condicionarán en gran medida el tipo de alimentación futura. La vigilancia estrecha del neurodesarrollo es fundamental, ya que los cambios en la motricidad se producen simultáneamente con los cambios cognoscitivos y psicosociales, con un orden y un ritmo de progresión continuo que permiten inferir con anticipación las adquisiciones del niño, pudiendo detectar alteraciones y actuar preventivamente.

 

El crecimiento de los niños antes de los dos años de vida, su actividad física y la formación de ciertos órganos cuya estructura es principalmente lipídica depende fundamentalmente del aporte de grasas. Durante los primeros dos años de vida, la grasa debe ser vista también en su función estructural, pues provee los ácidos grasos y el colesterol necesario para formar membranas celulares en todos los órganos.

Más aún, órganos importantes como son la retina del ojo y el sistema nervioso central (SNC) están constituidos predominantemente por grasas. Gran parte de las grasas necesarias para la formación de estos tejidos está constituida por ácidos grasos esenciales, que no pueden ser sintetizados por el organismo y deben ser aportados por la dieta. Excluyendo el tejido adiposo, el cerebro es el órgano del cuerpo con mayor concentración de lípidos. Cerca del 10 % del peso cerebral depende de los lípidos y ellos representan alrededor del 50 % del peso seco del cerebro. El encéfalo comienza a crecer de manera intensa durante la segunda mitad de la vida intrauterina. Durante este período las estructuras que se forman son las más elaboradas y las que distinguen a la especie humana. En este período las carencias nutricionales pueden inferir en el proceso madurativo normal del encéfalo produciendo alteraciones que pueden llegar a ser irreversibles. De modo paralelo al rápido desarrollo neuronal, a las 32 semanas de gestación la concentración de varios lípidos (fosfolípidos, colesterol, gangliósidos) aumenta de forma súbita en el cerebro.



El ácido oleico es el componente lipídico que más crece en el cerebro en la vida postnatal temprana por la rápida mielinización del cerebro en este período. También hay un aumento importante del ácido adrénico, así como de docosahexanoico (DHA) y aminoácidos. Todo esto es relevante, y señala que, aunque el crecimiento más importante tiene lugar en la vida intrauterina, la acreción de ácidos grasos continúa los dos primeros años postnatales y, por lo tanto, está expuesto a desequilibrio dietético. Los ácidos grasos poliinsaturados (AGPI) de la serie Omega 3, especialmente el DHA, son los más afectados en situaciones nutricionales adversas. El período de mayor vulnerabilidad para el cerebro humano comienza a las 32 semanas de gestación, y es máximo durante el resto de la vida intrauterina. No obstante, la incorporación de AGPI sigue aumentando en el cerebro hasta el segundo año de vida posnatal y, en consecuencia, la vulnerabilidad cerebral continúa durante este período.

La desnutrición proteico – calórica durante la infancia y el período preescolar es, junto a la situación de pobreza extrema, condición de riesgo para el desarrollo cognoscitivo, psicomotriz y para la escolaridad del niño. Niños con mayores ingestas de DHA han mostrado mejores resultados en pruebas de agudeza visual y en pruebas de evaluación del desarrollo mental y psicomotor en edad temprana. Los lípidos de membrana de la sustancia gris y la retina contienen una alta concentración de DHA y otros AGPI y la acumulación de estos ácidos grasos se da justamente en el período de los 1000 días, básicamente en el último trimestre del embarazo y los dos primeros años de vida, por el rápido crecimiento que tiene el cerebro.

Es claro que los AGPI de la serie Omega 3 afectan el desarrollo de la retina y la función cerebral. Los niños con bajo peso al nacer requieren de DHA en la dieta ya que ellos no pueden formar suficiente cantidad de este ácido graso esencial, aun cuando se les proporcione ácido &-linolénico. A pesar de estos hallazgos, todavía existen fórmulas que contienen bajos niveles de ácido &-linolénico y algunos aún no reconocen la esencialidad de los ácidos grasos Omega 3 para el hombre.

Para los lactantes menores de seis meses la leche materna es la mejor fuente de grasas en cantidad y calidad. Para los niños entre seis meses y dos años un aporte en grasa superior al 30 por ciento de las calorías totales es necesario para mantener una buena densidad energética de la dieta que asegure suficiente energía para la actividad física y para una buena reserva energética. Las grasas vegetales son la mejor fuente de aceites por su aporte de ácidos grasos esenciales y su buena digestibilidad.

Los aceites de coco y palma, si bien aportan energía, no son una buena fuente de ácidos grasos esenciales. Es recomendable usar aceite de girasol, soja, maíz, oliva u otro aceite vegetal de buena calidad. La manteca y otras grasas sólidas son aceptables sólo en condiciones de pobreza o cuando no haya otras fuentes disponibles. La alimentación del lactante y del niño pequeño es fundamental para mejorar la supervivencia infantil y fomentar un crecimiento y desarrollo saludables. Los primeros 2 años de la vida del niño son especialmente importantes, puesto que la nutrición óptima durante este período reduce la morbilidad y la mortalidad, así como el riesgo de enfermedades crónicas, y mejora el desarrollo general. Por lo tanto, es fundamental que el profesional de la salud, en particular el responsable de orientar a la madre, considere las implicancias de una alimentación complementaria adecuada y la correcta progresión como mecanismo de promoción del óptimo crecimiento y del desarrollo. Resultó de interés entonces, profundizar el análisis de esta variable en el presente estudio.

En el niño mayor de dos años, la grasa continúa siendo de gran importancia en la adecuación del aporte de energía para permitir un buen nivel de actividad física. Si bien el crecimiento después de los 12 meses disminuye notablemente, la actividad física es fundamental para el desarrollo mental y social del niño; por lo que el déficit de energía asociado a una dieta pobre en grasa puede limitar la actividad y por ende el desarrollo del niño. La grasa además es necesaria para completar el desarrollo del sistema nervioso que en esta etapa continúa mielinizándose.

DE DÓNDE SE OBTIENEN

·         Los ácidos grasos omega-3

De entre los ácidos grasos omega-3 destacamos tres por su importancia en la salud.

·         Ácido alfa-linolénico (ALA)

·         Ácido eicosapentaenoico (EPA)

·         Ácido Docosahexaenoico (DHA)

El ALA es un tipo de ácido graso que no puede sintetizar el ser humano (por este motivo se le denomina esencial) y, por lo tanto, sólo puede obtenerse a través de la alimentación.
Se encuentra en las nueces, las semillas de linaza y de chía y en aceites vegetales como el de nabina, soja y germen de trigo. Lo que sí puede hacer el ser humano es transformar el ALA en EPA y DHA, aunque esta transformación es solo de un 10% aproximadamente. El EPA y el DHA se encuentran en el pescado azul, el krill y las microalgas.

El contenido de AGPICL omega-3 del pescado varía considerablemente en función de la especie, contenido de materia grasa y ubicación geográfica de este.
Los peces de aguas profundas y de temperaturas frías tienen un mayor contenido de EPA y DHA que los peces de piscifactoría (salmónidos), ya que estos pueden tener una variación significativa en sus niveles de AGPICL omega-3 a causa principalmente de las características de la dieta que se les suministra.

Dada la importancia de EPA y DHA en el funcionamiento celular y especialmente el DHA en la estructura cerebral y la transmisión del impulso nervioso hay que asegurar su aportación a través del pescado azul, alimentos enriquecidos o complementos alimenticios. En el caso de dietas vegetarianas, por ejemplo; el DHA procede de las microalgas.

La Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) recomienda un consumo de pescado de al menos dos o tres veces por semana, una de ellas de pescado azul como mínimo. Cuando no se consiguen estas recomendaciones con la dieta (por ejemplo; en dietas vegetarianas) o bien se busca una dosis superior es necesario aportar estos ácidos grasos a partir de complementos alimenticios.

Declaraciones de propiedades saludables de la EFSA

La EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) autoriza declaraciones respecto a la ingesta de DHA y EPA en relación con el mantenimiento de la función visual y cerebral en adultos y niños, mantener niveles normales de triglicéridos séricos, mantener la presión sanguínea y el normal funcionamiento del corazón. Sin embargo, se mencionará sólo aquella relacionada con el cerebro.

El ácido docosahexaenoico (DHA) contribuye a mantener el funcionamiento normal del cerebro. Debe informarse al consumidor que el efecto beneficioso se obtiene con una ingesta diaria de 250mg de DHA. La declaración solo se puede hacer en alimentos que contienen como mínimo 40 mg de DHA por 100g y por 100 Kcal.

los grasos como el esteárico y el oleico

Fuentes de ácidos grasos


Ácidos grasos – omega 3 en pescados y crustáceos crudos

Contenido de ácidos grasos omega-3 en vegetales


Ácidos grasos omega 3 en leche materna y bovina


Ácidos grasos omega-3 en huevos


 

Bibliografía:

1.        Descanse A. Los ácidos grasos esenciales en la nutrición infantil y su Importancia para el desarrollo de las capacidades. Cognitivuna evaluación para los programas escolares del municipio de Medellín. Vol. 147, Especialización en alimentación y nutrición. Facultad de ingeniería; 2016.

2.        Ruben M, Cabreriso M, Sosa M, Sanchez B. Desarrollo Del Sistema Nervioso Central En Ni Ñ Os De 6 a 24 Meses. 2018;21(39):36–45.

3.        Cadavid M. Inteligencia, alimentación y nutrición en la niñez: revisión. Perspect en Nutr Humana. 2010;11(2):187–201.

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